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Agenda de las Mujeres por la Paz Discurso Inaugural "Constituyente Emancipatoria de Mujeres" |
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| Jueves 3 de julio del 2003. | ||||||||||||||||||||||||
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La Marcha Nacional de Mujeres contra la Guerra realizada en Julio pasado, sigue su camino. Hoy 25 de Noviembre, Día del NO a la Violencia contra las Mujeres, decidimos autónomamente convocarnos en uno de los recintos nacionales donde se decide la vida de las mujeres y los hombres colombianos, para expresarle, tanto al gobierno nacional como a los actores armados ilegales y al conjunto de la sociedad colombiana, lo que pensamos de nuestra actualidad socio- política y ratificar nuestro trabajo y compromiso para desactivar los artefactos de la guerra y encontrar caminos hacia la reconciliación.
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Estamos cansadas de ser huéspedes de nuestro propio país y tratadas cual convidadas de piedra. Todas las decisiones políticas en el orden económico, social o cultural afectan de manera particularmente grave la vida de las mujeres colombianas, quienes ahora somos las más pobres entre los pobres y las mayoritarias víctimas sobrevivientes en medio de la guerra. El paradigma patriarcal de los sucesivos regímenes ha llevado al país a un estado de exclusiones, inequidades violencias y guerra sin precedentes. Y hoy, después de siglos de guerras intestinas, nos siguen presentando como única salida al conflicto armado y a los conflictos sociales, la violencia, las armas y la confrontación. Es decir, la anti-ética del lucro individual, que es lo que finalmente subyace en estas discursivas políticas, detrás de las cuales se encuentran los megaproyectos que despojan a las comunidades indígenas, afrocolombianas y campesinas de sus territorios tradicionales, donde las mujeres han dejado su propia historia y parte de sus vidas. Queremos entonces, preguntar ¿hasta cuántos muertos, destrucción de vidas, de relaciones familiares y afectivas, de recursos físicos y ambientales, de rupturas organizativas y sociales está dispuesto el país a consumir para llegar finalmente a una negociación política? Si ahora son asesinadas en el país alrededor de 30.000 personas al año, ¿cuántas vidas más habrá que entregarle a esta lógica de guerra y destrucción que sólo engrandece el ego viril de poder y dominación sobre todas las cosas? ¿De quiénes serán esas vidas, de dónde saldrán, cuáles y cuántas familias están dispuestas a enviarles a la guerra?. Valdrá la pena para las mujeres seguir pariendo hijos e hijas para que a los 13 o 14 años se los lleve la muerte asesina o sean reclutados a las buenas o las malas por aquellos que justifican toda clase de razones para armarse? Cuántas madres, hermanas, esposas, compañeras, amantes, hijas, abuelas tendrán que dolerse eternamente por esas vidas perdidas, entregadas a nombre de la destrucción humana o, peor aun, a nombre de la paz? Desde una racionalidad pretendidamente civilizada, que además de arrancar de nuestros hogares a los seres amados, la guerra se territorializa en el cuerpo femenino. Las violaciones sexuales como pretextos de los guerreros, el desarraigo de los lugares de origen y de los vínculos familiares y afectivos, las prohibiciones para relacionarse con los actores armados tanto legales como ilegales que todos ellos imponen a las mujeres, constituyen nuevas invasiones en su vida y en su cuerpo. La guerra retroalimenta la tradicional violencia contra el cuerpo y la vida de las mujeres y le da nuevos argumentos para restringir la libertad femenina lograda en arduos caminos durante el siglo anterior. Ahora las armas salen de los campamentos y los pelotones para instalarse en las casas y en los hogares colombianos urbanos y rurales, donde las mujeres son obligadas a dar de comer a unos u otros, son amenazadas, heridas, violadas, obligadas a prostituirse, a abortar, a relacionarse o dejar de relacionarse con unos u otros, luego señaladas, hostilizadas, más recientemente detenidas y ahora judicializadas. Aquellos límites entre el campo de batalla y la casa, detrás de los cuales han estado los límites entre lo público y lo privado, ahora sucumben al servicio de las armas. La incapacidad del Estado para estar presente en grandes zonas del país, posibilitó durante años a la insurgencia su presencia armada en los lugares donde viven las mujeres y sus familias, allí también donde más tarde se asentaron y actúan las fuerzas ilegales contrainsurgentes, donde la escasa libertad y autonomía femeninas se pierden bajo el poder de las mismas armas con distintos argumentos. Ahora les cobran a ellas el pecado de vivir en esas regiones, donde el miedo y el terror se han instalado profundamente para trastornar sus vidas y la de sus familias. Perdidos sus hogares, perdidos sus trabajos, perdidos sus escasos bienes bajo el imperio de las balas, hoy empiezan a perder aquellos derechos obtenidos durante decenas de años de luchas pacificas reivindicatorias de su ciudadanía plena. Los vínculos directos entre la miseria y los gastos militares, son percibidos claramente por las mujeres. Cada peso que va para la guerra, es un pan que se le quita a un niño o una niña pobre. Cada fusil que entra al país, es un cupo escolar que pierden las niñas y los niños de los barrios pobres y del campo. Cada helicóptero que se compra son cientos de empleos productivos que se cierran. Cada batallón que se conforma, es un servicio público que disminuye o se cierra: un centro de salud, un hospital, una escuela, un comedor comunitario, un liceo, un subsidio, un empleo que desaparece en la larga cadena de miseria colombiana, que hoy nos tiene al borde de la catástrofe social, económica y humanitaria. La militarización, del país, del presupuesto nacional, de la vida cotidiana, sólo nos traerá más muerte, violencia y destrucción. El país requiere de la negociación política. El Estado necesita una verdadera Política de Paz, que conduzca a los diferentes actores armados hacia mesas de diálogo y negociación. Las mujeres colombianas urgimos de acercamientos y acuerdos humanitarios que nos retornen los seres queridos a la casa y al país, donde ocupen sus lugares privados y públicos. Unos acuerdos que trasciendan la seguridad por la protección siguiendo los postulados del Derecho Internacional Humanitario. Por eso a los 45 años del primer ejercicio del Voto Femenino , al igual que las sufragistas colombianas de aquellos tiempos, las mujeres de hoy continuamos nuestro proceso de autoinstitución ciudadana, transgrediendo los cánones establecidos de actuación femenina colectiva y el orden simbólico tradicional admitido para las mujeres. Autoreconocernos, legitimando públicamente nuestra autoridad, nuestro poder y nuestro derecho como mitad de la población que somos; deconstruir el rol tradicional de mujeres asumido; construir y redimensionar nuevos significados del ser femenino en la vida del país, desestructurar los estereotipos de liderazgo masculino aprehendido por las mujeres en la vida social y política, hacen parte de las nuevas metáforas políticas que la Constituyente Emancipatoria de Mujeres posiciona en este escenario nacional. Estar hoy acá, como hace 45 años lo estuvieron las sufragistas colombianas, o como hace 21 años lo hicieron las feministas latinoamericanas para denunciar la exclusión y visibilizar la violencia doméstica de los recintos privados en los espacios públicos, hace parte de un proceso emancipatorio de las mujeres. Un tránsito de ser objetos "sociales y políticos" a constituirnos como ciudadanas, sujetas de la vida. Esta confluencia de indígenas, académicas, afrocolombianas, funcionarias del Estado, campesinas, feministas, trabajadoras, líderes políticas, sindicalistas, pacifistas, mujeres de todas las edades, tejida desde la diversidad territorial y sectorial, da cuenta de la nueva discursividad femenina en el trabajo civilista por la paz. Así, trazamos nuevos sentidos de ser colombianas y colombianos. Trabajamos conscientemente por trascender la cultura de la violencia y la guerra por una cultura de la tramitación pacífica y noviolenta de los conflictos. Profundizamos nuestra diversidad como mujeres y la multiplicidad de sujetas que somos, para posicionarnos como sujeto colectivo con proyectos comunes que incidan en los diversos órdenes de la vida ciudadana. Acá definimos nuestra posición en defensa de un verdadero Estado Social de Derecho, donde en tiempos de guerras preventivas, colectivamente desacralizamos la guerra como solución a nuestros complejos conflictos. La ciencia al servicio de la industria armamentista, debe dar paso al conocimiento para el desarrollo humano sustentable para mujeres y hombres de todas las condiciones. Llegamos a este espacio de autoinstitución de ciudadanía femenina para deliberar y pactar una agenda básica común que proteja la vida y los derechos de las mujeres en medio del conflicto armado, para insistir en la urgencia de la negociación política, que nos incluya allí en representación de nuestros intereses que son también intereses del país. Nuestra critica radical al manejo patriarcal del Estado, da lugar a la autoinstauración de un espacio ético, político y estético de resistencia noviolenta al patriarcalismo, la guerra y las violencias que atraviesan la vida y el cuerpo de las mujeres colombianas. Acá estamos las artífices: Constituyentes de un Pacto Social entre Organizaciones de Mujeres por la Paz, cuyos resultados entregaremos al Gobierno Nacional y al país, el próximo viernes en un acto de interlocución femenina por la paz. Queridas amigas y compañeras, delegadas oficiales y fraternales, señoras y señores representantes del Gobierno Nacional, señoras y señores integrantes del Parlamento Colombiano, invitadas e invitados especiales a este acto: tengan ustedes la certeza que las organizaciones y mujeres acá presentes seguiremos en nuestro empeño de trabajar por la paz y la reconciliación, contra la impunidad y la recuperación de la memoria de quienes han sido víctimas inocentes de crímenes inenarrables. Somos mujeres sobrevivientes de la guerra, quienes como actoras sociales y políticas buscamos el silenciamiento de los fusiles, el cese de las violencias y la instauración de un orden justo, democrático, incluyente y sustentable por caminos noviolentos. Muchas Gracias |
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