Todas eran mujeres cuyos hijos o compañeros han sido secuestrados, madres de los soldados de Patascoy -sí, ya van 6 años...- mujeres que ya ni siquiera tienen noticias de sus seres más cercanos, como la madre de Íngrid Betancourt y tantas otras; mujeres desplazadas de las cuatro esquinas de este país... en fin, todas llegaron de sus regiones olvidadas para participar en este evento llamado ’Ágora: voces y pensamientos de mujeres en los acuerdos humanitarios’, convocado por Asfamipaz, Iniciativa de Mujeres por la Paz -IMP- y la Red Nacional de Mujeres. Sí, todas llegaron para expresar su dolor. Las intelectuales intentaron interpretarlo para que no se pierda en el olvido; para que este dolor tome su lugar en la historia, un lugar que tan pocas veces le ha otorgado la historia oficial. Y ellas, estas mujeres que lo tienen marcado en cada célula de su cuerpo, de su piel, de su mirada, estas que lo viven día a día, sin poder ya encontrarle un adjetivo para calificarlo, porque hay dolores que ya no se pueden calificar, solo se imprimen en el cuerpo y en la mirada, anulando cualquier palabra. Ellas, sin embargo, trataron de traducir este dolor -y lo hicieron muy bien-. Unas con la voz quebrada, otras con el silencio que obligaba el llanto, o al contrario, el grito de las entrañas. Unas nos contaron que de tanto llorar se les habían secado las lágrimas; otras, las desplazadas, nos explicaban que frente a tanta adversidad y tanta urgencia, ellas ni siquiera habían tenido todavía el tiempo de llorar. Unas niñas de escasos 6 u 8 años hablaron también de ese padre o hermano del cual no lograban acordarse. Todas hablaron con esa autoridad que otorgan tanto dolor y tanta humanidad. De verdad, oyéndolas, les aseguro que todas, intelectuales, feministas, mujeres de múltiples organizaciones, dudamos una vez más del Estado y de sus leyes, de sus redes de solidaridad y de las oficinas previstas para los estragos de la guerra que invisibilizan tanto el dolor cuando debería ser el primero y, por qué no, el único motivo para la acción humanitaria; empezamos a comprender que salvar vidas y darle un lugar al dolor no es prioridad en los despachos del poder; dudamos del lenguaje y de las promesas de los hombres. Las mujeres de Bojayá no han recibido lo prometido; las madres de los soldados de Patascoy parecen olvidadas y las desplazadas son banalizadas y hasta perseguidas en los semáforos de las grandes ciudades. Un acuerdo humanitario -cualquier acuerdo humanitario- no puede gestarse solo entre hombres de leyes y estadistas, entre políticos y consejeros, entre obispos y asesores de políticas sociales, no puede gestarse lejos de ellas. La vida no puede discutirse con el Código en las manos. Como nos lo recordó magistralmente la filósofa Martha López en su intervención, la vida no es un derecho, es un misterio. Un misterio del cual deben hablar en primera instancia las mujeres, porque son las únicas en poder acercarse a ese misterio. Ellas son las que dan la vida, son las que la protegen con esa ética del cuidado aprendida durante milenios. Ellas son las que pueden decidir sobre un acuerdo humanitario. Señores políticos, magistrados, consejeros de paz, ex presidentes: escuchen este otro idioma, ese idioma de las mujeres que cargan tanto dolor, ese idioma de las mujeres cuyos cuerpos tan sabios generan tanto misterio; acérquense a ellas y, por una vez, escúchenlas con seriedad. El mismo idioma que también supo interpretar magistralmente Vicky Hernández en la obra Con el corazón abierto, en el Teatro Nacional. Frente a la vida y al dolor, todas estas mujeres tienen el doble de autoridad que ustedes. Yo, en una sola mañana, aprendí más que en centenares de escritos y artículos académicos sobre la violencia, la guerra y sus estragos. Yo, en una sola mañana, supe que, si ese país no aprende a trabajar con ellas, seguirá naufragando
(Artículo publicado inicialmente en El Tiempo) |